La Comunidad de Madrid ha hecho
público su anteproyecto de Ley del Suelo para sustituir la
vigente ley de 2001. A continuación se hace un repaso somero de
dicho anteproyecto, comentando sólo algunos de los aspectos
más destacados. En primer lugar hay que decir que muchos estamos
sorprendidos, porque nos esperábamos una mala ley y la que se
propone no es mala: es malísima. Si la ley de 2001 ya era
descabellada desde un punto de vista medioambiental (su principal
novedad fue considerar que todo suelo que no estuviese
explícitamente protegido era, por defecto, urbanizable) y ha
inducido la sepultura bajo cemento y ladrillos de una porción
enorme del territorio madrileño, la nueva ley, si prospera en
los términos propuestos, barrerá del mapa, en un tiempo
record y para siempre lo poco que nos queda.
Cuando se parte de una visión de las cosas diametralmente
opuesta a la de quienes han perpetrado un texto así, es
lógico escandalizarse casi con cada párrafo, pero hay que
decir que, eso sí, el anteproyecto es totalmente coherente con
sus fines. Frente a la visión del mundo de quien es capaz de
preparar un documento semejante, toda discusión sería
estéril, por moverse los argumentos y la lógica de ambas
partes en coordenadas y dimensiones completamente diferentes.
Sencillamente, unos persiguen fines concretos que a otros nos gustan
nada. De modo que si protestamos porque en el texto no se hace una sola
mención a la protección del paisaje, la respuesta honesta
debería ser: “naturalmente que no; el paisaje no nos importa en
absoluto”. No es que sea un anteproyecto de ley mal hecho (o tal vez,
técnica y legalmente sí, pero eso yo no tengo capacidad
para valorarlo); es que es, sencillamente, impresentable. Siguen
algunos comentarios sobre unos cuantos aspectos puntuales:
1) El “Documento preliminar”, firmado por D. Alberto Recarte, miembro
de la comisión de expertos designada por el Gobierno Regional
para preparar y debatir el anteproyecto, hace una introducción
sobre la situación y problemática del mercado de la
vivienda en la Comunidad de Madrid que, en principio, aunque algo
sesgada, es en términos generales acertada en cuanto al
análisis de los datos y de los agentes causales de la
situación, pero aberrante en cuanto a su interpretación y
filosofía de fondo. Prácticamente sin considerar en
ningún momento, por supuesto, los aspectos medioambientales,
termina con la asunción simplista de que el problema (y
ahí ya habría que matizar, pues, evidentemente, cada uno
vemos “un problema” distinto) es que las trabas administrativas impiden
que la oferta inmobiliaria actúe con la rapidez que la demanda
exige, y expone el argumento, a estas alturas manido e irrisorio, de
que el suelo es escaso y por ello es caro y por eso la vivienda es
cara. Incluso acusa a la vivienda protegida de contribuir en gran parte
al encarecimiento del suelo y de las viviendas libres, al alterar la
dinámica normal de un mercado que debería basarse
sólo en la ley de la oferta y la demanda. Como solución,
por tanto, la ley se propone eliminar todas las "dificultades
administrativas para crear suelo inmediatamente" y poner así
rápidamente todo el suelo posible a disposición de los
especuladores y los constructores. Por supuesto, como ya se ha dicho,
salvo alguna referencia a los más bien inútiles estudios
de impacto ambiental y poco más, el documento no transpira la
más mínima preocupación por el medio ambiente,
aunque eso ya lo esperábamos. Pero es que va más
allá: no sólo no se hace ninguna referencia a la posible
conveniencia de proteger de algún modo el territorio y el
paisaje, sino que, en el colmo de la desfachatez, se culpabiliza a las
“zonas protegidas por razones ecológicas” de la falta de suelo
en la Comunidad. (Con semejante espíritu no es de
extrañar que, bajo este gobierno regional, un proyecto como el
del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama no pueda prosperar).
Tras el “Documento preliminar” sigue una “Exposición de motivos”
que viene a ser como los capotazos previos antes de entrar a matar.
Aquí se pueden leer cosas tales como “…la necesidad…de suprimir
la multiplicidad de intervenciones administrativas que embarazan y
demoran en exceso los procesos de desarrollo urbano…”. Claro; pobre
sector inmobiliario; seguramente es por culpa de ese embarazo y esa
demora por lo que la superficie urbanizada en la Comunidad de Madrid
entre 1990 y 2000 representa “solamente” un 49.23% de lo que ya se
había urbanizado previamente (¡en toda la historia!)
(Corine Land Cover Project, 2004); una cifra, por cierto, ya totalmente
obsoleta, pues el crecimiento urbanístico entre 2000 y 2005 ha
hecho de todo menos disminuir.
2) Para eliminar las " dificultades administrativas " (léase: la
regulación y el control), todo silencio administrativo en cuanto
a solicitud de licencias, permisos, etc. se considera positivo; bonita
manera de ahorrar burocracia. En total, el texto contiene no menos de
16 puntos en los que se decreta el silencio administrativo como luz
verde para perpetrar lo que sea, y siempre en tiempos muy cortos;
lógico: si la intención única y final es dejar que
se construya cualquier cosa, para qué hacer esperar. De este
modo, ni siquiera quedará constancia de que un organismo
determinado se ha dado por enterado de las solicitudes, y de paso se
dará luz verde a toda posible corruptela. Porque cabe
preguntarse: ¿Cómo se puede demostrar siempre que,
efectivamente, se ha producido silencio administrativo?
¿Cómo se distingue éste de una pérdida de
documentación o un traspapeleo? ¿No puede uno
también hacerse el sordo para alegar que la
administración no le respondió? No importa, no es el
caso, pues está claro que la intención es instalar una
especie de total anarquía. El ahorro de un montón de
papeleo y burocracia será, simplemente, un beneficioso “efecto
colateral” de la ley.
3) La ley pretende, por medio de su mera entrada en vigor, dar un
empujón espectacular a la cantidad de suelo inmediatamente
urbanizable, al recalificar automáticamente al alza todos los
terrenos no protegidos, elevándolos a una categoría
superior en cuanto a su disponibilidad y plazos para ser urbanizados.
Se avecina así un “boom” de plusvalías y pelotazos sin
precedentes, ante el cual seguro que muchos ya han tomado posiciones..
4) No se establecen cuotas mínimas y obligatorias de vivienda
protegida. Teniendo en cuenta la archiconocida situación
vergonzosa del precio actual de la vivienda libre y su constante y
escandalosa revalorización, el nivel de endeudamiento de las
familias por culpa de las hipotecas, etc., etc., esta sorpresa del
anteproyecto de ley es sencillamente increíble. Si antes las
cuotas obligatorias de vivienda protegida eran burladas
sistemáticamente mediante trapicheos varios, ahora ni siquiera
hará falta eso. Tras la desfachatez que supone exponer primero
la supuesta urgentísima necesidad de dotar de viviendas a la
población, se deja después a los más
desfavorecidos totalmente a merced de la especulación.
Absolutamente impresentable.
5) Los propietarios del suelo tendrán prioridad durante un
año (no esta claro si desde la aprobación de cada Plan
General o desde la entrada en vigor de la ley, dada la
automática recalificación de terrenos que ello
supondría) para iniciar proyectos de urbanización, y si
no un "Agente Urbanizador" (una especie de "Gran Hermano" en el sentido
orwelliano) puede expropiarles forzosamente los terrenos y
urbanizarlos. Parece una broma de mal gusto, pero no lo es: “…quienes
ostenten la propiedad de un sector del suelo apto para la
urbanización…[tendrán] …preferencia para plantear sus
iniciativas de desarrollo del mismo durante el primer año de
vigencia del Plan General. Transcurrido dicho plazo sin que los
propietarios hayan promovido iniciativa alguna, queda expedito el
camino para que cualquier agente urbanizador, público o privado,
propietario o no propietario, pueda presentar ante la
Administración urbanística, su propio programa de
actuaciones urbanísticas integradas,…” Increíble, pero
cierto. No hay mala interpretación posible, porque está
perfectamente detallado y explicado en el anteproyecto.
Esto es múltiplemente malicioso. En primer lugar, se mete prisa
para urbanizar todo el suelo cuanto antes. En segundo lugar, desde el
punto de vista de los profesionales de la construcción y la
urbanización, parece impresentable que los propietarios sean
quienes se convierten en urbanizadores con ventaja sobre ellos, sin
necesidad de optar a concursos públicos. Todos sabemos que,
proporcionalmente, el suelo está en pocas manos y que hay
grandes propietarios, corporaciones, empresas, bancos, etc., que han
amasado suelo y manejan este mercado a su antojo. Lo que parece claro,
es que se pretende abonar aún más el terreno para que los
pelotazos y las plusvalías lleguen a su cenit. En tercer lugar,
aquellos (pocos) propietarios que se resistan numantina y/o
románticamente a vender su terreno a las urbanizadoras, ya no
tendrán nada que hacer (o sea, esos prados o bosquecillos
aquí y allá que siguen siendo zonas verdes de verdad
porque los propietarios así lo quieren, se acabaron). En cuarto
lugar, se terminaron también las zonas donde las posibilidades
de urbanizar eran bajas por estar el terreno dividido en muchas
pequeñas propiedades a cuyos dueños iba a ser muy
difícil poner de acuerdo; ahora el Agente Urbanizador, las
Juntas de Compensación, etc., podrán doblegar voluntades
y expropiar a la fuerza. Este modelo, aplicado ya en la Comunidad
Valenciana, ha sido seriamente criticado desde Bruselas.
6) Ya no hará falta acudir a las artimañas de empadronar
muchos vecinos o torpedear un consistorio para darle la vuelta y
cambiar a su (extraño) alcalde si éste se obstina en que
no quiere que su pueblo se llene de urbanizaciones. Ahora, simplemente,
la Comunidad impondrá por la fuerza al municipio díscolo
el modelo urbanístico que ésta quiera
¿Cómo? Muy sencillo. Ante alcaldes que discrepen del
modelo de crecimiento total impulsado por el gobierno de Esperanza
Aguirre, los Agentes Urbanizadores podrán “puentear”
tranquilamente a los ayuntamientos y tramitar directamente ante el
propio gobierno regional los planes urbanísticos que deseen; por
supuesto, tras un plazo mínimo, el silencio administrativo
podrá considerarse un semáforo en verde.
7) Se pierde una vez más la oportunidad de regular lo que
debería contener un Plan General de Ordenación Urbana. Si
se empieza por el lamentable hecho de que, en el contexto de actual
desmadre, ningún alcalde parece plantearse la posibilidad de un
crecimiento urbanístico próximo a cero, es
ridículo protestar por un hecho tan evidentemente absurdo como
que los PGOU sean encargados a empresas básicamente
constructoras, en lugar de a entidades profesionales expertas en
gestión integral del territorio, sociología,
demografía, medio ambiente y, por supuesto también,
urbanismo. No se recomienda por ninguna parte que cada plan contenga
los datos que justifiquen socialmente el modelo de desarrollo
urbanístico proyectado. ¿No parece elemental que, ante
cualquier propuesta de crecimiento urbano, haya que aportar datos sobre
el número actual de viviendas y parcelas vacías, la
extensión de suelo urbano todavía sin construir, la
pirámide de población, la proyección de
crecimiento demográfico, las necesidades escolares y sanitarias,
el número de vehículos censados y la superficie que estos
ocupan, las predicciones sobre gastos energéticos e
hídricos y los posibles problemas de suministro, etc., etc.,
etc.,? Ni una sola mención a nada de eso. Un municipio
debería poder, en aras de mantener la calidad de vida, de
proteger el entorno, o de cualquier otro argumento, proponer un modelo
de no crecimiento o mínimo crecimiento. Esto no será
posible, y que el (rarísimo) alcalde que promueva tal modelo se
prepare para ver su municipio directamente invadido por grúas y
excavadoras impuestas desde fuera.
Afortunadamente, dentro de la comisión de expertos había
gente sensata. El voto particular de D. Javier García-Bellido es
un alarde de sentido común, y tras el amargo esfuerzo que supone
leer el anteproyecto, representa un bálsamo el toparse con, por
ejemplo, argumentos y cifras que desmontan categóricamente la
falacia de la escasez de suelo (en la Comunidad hay suelo para
¡¡570.000 viviendas!!, un 40% en suelo ya urbano y el resto
en suelo ya urbanizable; por tanto, no habría ninguna necesidad
de recalificar más terrenos). Y, sobre todo, reconforta por fin
leer una defensa encendida del medio ambiente y el paisaje, exponiendo
con lucidez que, lejos de tratar de urbanizar lo que queda cuanto
antes, debería hacerse todo lo contrario: protegerlo y
administrarlo “como preciadas gotas de agua en el desierto”. Y aporta
una observación importante sobre un fenómeno que ya
está teniendo lugar y que, sin duda, se recrudecerá en el
futuro: el crecimiento urbanístico madrileño ha empezado
ya a devorar el territorio de las comunidades autónomas vecinas,
algo que sólo puede agravarse más en el futuro.
El desarrollo urbano, según qué circunstancias, es
inevitable y necesario; pero tiene un límite, que no
debería ser el estrictamente dictado por el espacio disponible.
En Madrid, al menos en ciertas zonas, ese límite ya se ha
sobrepasado ampliamente. Por ello, este anteproyecto no debe prosperar,
y no admite una enmienda aquí y otra allá. Debe ser
revocado en su totalidad. Parece mentira cómo un acto impreciso,
intangible y aparentemente inocuo como es la publicación de un
texto en un boletín tras haber pasado ciertos trámites,
se traduce finalmente en la cruda y palpable realidad de una
proliferación de construcciones que sepultan árboles,
prados, paisajes y formas de vida, que alteran cursos de agua, que
expulsan y aniquilan animales y plantas y que, en definitiva,
transforman negativa e irreversiblemente lo que día a día
ven nuestros ojos, los espacios por los que nos tendremos que seguir
moviendo cotidianamente y aquellos otros que sólo contemplamos
en la distancia. El daño hecho hasta ahora es ya descomunal;
convertir la Comunidad de Madrid dentro de unos años en algo
todavía más irreconocible es la voluntad de unos cuantos,
y encontrarían en nuestra indiferencia su mejor aliado.