EL PAÍS -
Opinión - 08-01-2005
El vertiginoso crecimiento de la construcción en
España ha dejado una profunda huella en su territorio. En
sólo 10 años, el suelo urbanizado ha aumentado un 25%
(equivalente a edificar íntegramente una provincia como
Guipúzcoa), mientras que la superficie de bosque no ha hecho
más que retroceder, llegando a perder 240.000 hectáreas.
Este avance del cemento ha sido especialmente voraz en comunidades como
Madrid, Valencia y Murcia, donde se han registrado entre 1990 y 2000
aumentos superiores al 50% en la urbanización.
El
impacto ambiental generado por esta explosión urbanística
había esquivado hasta la fecha su visualización global,
oculta tras la variedad de las cifras que ofrecen los catastros,
registros, licencias y planes de ordenación de las distintas
comunidades y ayuntamientos. La cartografía del suelo realizada
con satélite por el Instituto Geográfico Nacional ha
acabado con estas discrepancias y ha permitido obtener una imagen
nítida de los efectos del desarrollo urbanístico
español.
La
primera sorpresa ha sido el carácter abrupto e incontrolado de
este crecimiento, que ha desfigurado, como nunca en su historia, el
rostro del país. No sólo se ha duplicado la media europea
de superficie construida, sino que entornos tan sensibles como el
primer kilómetro de costa han sido cementados sin
compasión, hasta el punto de que el 34% de la costa
Mediterránea ya está ocupado por urbanizaciones. Ni el
aumento de la población (cuatro veces inferior a la
urbanización registrada) ni las nuevas necesidades de vivienda
lo justifican. Tampoco el habitual recurso al crecimiento
económico.
En
una economía impulsada por las turbinas del turismo y la
construcción es difícil pensar en una paralización
de la actividad urbanizadora, pero España se ha lanzado a una
aberrante carrera en la que tienen responsabilidad directa las
administraciones municipales y autonómicas. No en balde, la
conversión del suelo en la principal vía de
financiación de los ayuntamientos ha sido el catalizador de esta
actividad destructiva para la que, en muchos casos, ya no hay retorno
posible.
El
daño medioambiental, como han destacado los expertos,
permanecerá durante generaciones y el beneficio obtenido, aparte
del fogonazo económico, menguará a la larga, sobre todo
por sus efectos en un turismo cada vez más exigente con la
calidad medioambiental. Es necesario rectificar.
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artículo original El
País 05/01/05